Un cuadro como «película comprimida» Para Lascano, la pintura no es el registro de un instante fugaz como sucede con el disparo de una cámara. Él concibe su obra como una «película comprimida», una síntesis de horas de observación donde la luz cambia, las sombras se desplazan y el estado de ánimo del artista decanta sobre la tela. Cada capa de óleo guarda el registro de ese paso del tiempo, permitiendo que la imagen final vibre con una narrativa que una fotografía simplemente no puede contener.

Este enfoque transforma el acto de mirar en una experiencia cinematográfica estática. El espectador no se encuentra frente a una captura muerta, sino ante una acumulación de momentos vivos. Al observar sus cuadros, se percibe esa densidad cronológica; es como si toda la energía de una tarde de trabajo hubiera quedado atrapada en el pigmento, esperando a ser liberada por la mirada de quien se detiene frente a ella.

La atmósfera: El desafío de «pintar el aire» Su gran desvelo técnico y filosófico no es el objeto en sí, sino lo que sucede a su alrededor: pintar el aire. Lascano sostiene que si un artista se limita a copiar los contornos de una figura, la obra queda «pegada» al fondo, carente de vida. Su maestría radica en capturar la vibración del espacio vacío, logrando que el espectador sienta la profundidad y la distancia real entre los elementos de la composición.
Lograr que el cuadro «respire» requiere una sensibilidad extrema hacia las transiciones lumínicas y los medios tonos. No se trata solo de representar la luz que golpea un objeto, sino cómo esa luz rebota y viaja a través de la atmósfera del atelier. Cuando Lascano logra capturar ese aire, la obra adquiere una cualidad mística: el vacío deja de estar «atrás» de la figura para convertirse en el entorno que la sostiene y le da sentido.
La muestra: «Paisaje de Mujer» y la piel como territorio En su próxima exposición en Casa Bachmann, Lascano nos invita a redescubrir la anatomía humana bajo una lente distinta: la del paisajista. En Paisaje de Mujer, la piel deja de ser una superficie biológica para transformarse en una geografía de luces y sombras. Un pliegue puede ser un valle profundo y una curva puede evocar la silueta de una montaña bajo el sol del atardecer.

Esta mirada despoja al desnudo de cualquier intención puramente erótica o comercial, elevándolo a una exploración de texturas y formas universales. Al tratar el cuerpo como un paisaje, Lascano logra que la obra trascienda lo individual. Ya no estamos viendo a una modelo específica, sino que estamos recorriendo un territorio natural, vasto y complejo, donde cada poro y cada sombra cuentan una historia de resistencia y belleza.
El legado: Un oficio de prestigio en la era digital Frente a la inmediatez y el «ojo digital» que todo lo procesa automáticamente, el trabajo de Lascano se erige como un faro de prestigio y permanencia. Su proceso es una defensa del oficio manual, de la paciencia y del conocimiento de los materiales nobles. En un mundo saturado de imágenes efímeras, su apuesta por el óleo y el tiempo largo es un recordatorio de que el arte que perdura es aquel que requiere una entrega total del artista.

Para el coleccionista y el amante del arte en Bariloche, la obra de Lascano representa una conexión con la tradición pictórica más pura, adaptada a una sensibilidad contemporánea. No hay promesas de volumen ni modas pasajeras en su discurso; hay una búsqueda honesta de la verdad a través del pincel. Su presencia en la ciudad es un lujo que nos invita a desconectar del algoritmo para reconectar con la mirada humana.
