La génesis de Ánima se tejió lejos de las montañas patagónicas, en el vibrante pulso gastronómico de Barcelona. Allí, Emanuel Yañez García (San Juan) y Florencia Lafalla (Mendoza) moldearon su visión del mundo mientras se perfeccionaban en templos de la honestidad culinaria como Els Casals. En la capital catalana, comprendieron que la verdadera vanguardia no reside en el artificio técnico, sino en el respeto absoluto por el ciclo de la naturaleza y la trazabilidad del producto. Fue en ese cruce de culturas donde nació la promesa de regresar a la Argentina para fundar un refugio donde el «ánima» —el alma del fuego y de la materia— fuera la protagonista absoluta.
Aunque sus raíces se hunden en el sol de Cuyo, Emanuel y Florencia eligieron la reserva El Trébol, en el Circuito Chico de Bariloche, como su lugar en el mundo. El contraste entre la aridez de sus provincias natales y la humedad profunda del bosque andino define la tensión creativa de su propuesta. En Ánima, el lujo se manifiesta en la escala humana: un salón íntimo de apenas veinte cubiertos donde la frontera entre la cocina y el comensal se disuelve, permitiendo una experiencia de cámara que se siente como un secreto compartido entre amigos y sibaritas.

Emanuel, con la solidez de su estirpe sanjuanina, opera como un maestro de la cocina de producto. Su técnica, refinada en las brasas europeas, se traduce en una manipulación mínima pero precisa de los elementos. El fuego no es un accesorio, es el eje gravitacional de su ateliér. Bajo su mando, los hongos silvestres, los vegetales de estación y las carnes locales recuperan su voz propia, presentándose en el plato con una desnudez estética que solo los grandes artistas de la materia pueden permitirse. Es la elegancia de lo esencial, elevada a su máxima expresión.
Por su parte, Florencia aporta la sofisticación y el ritmo que solo una mendocina con roce internacional puede imprimir al servicio de sala. Ella es la curadora del ambiente, la encargada de que el flujo de la experiencia sea impecable y de que la carta de vinos —una selección exquisita que rinde homenaje a los terroirs más audaces del país— dialogue en perfecta armonía con los platos de Emanuel. Su gestión no es solo hospitalidad; es una coreografía sensorial que asegura que cada visita a Ánima sea un ritual de desconexión y placer estético.
Hoy, Ánima no es solo un restaurante de culto para el público ABC1; es un manifiesto vivo de que el lujo contemporáneo reside en el tiempo y la verdad. La distinción que han recibido por parte de la crítica internacional (Guía Michelin) no es más que la confirmación de lo que sus habitués ya sabían: que en ese rincón escondido de Bariloche, el alma de Florencia y Emanuel ha logrado capturar la esencia de la Patagonia. Para el inversor y el amante del buen vivir, Ánima representa el activo más valioso de la región: una experiencia irrepetible que conecta el corazón del autor con la inmensidad del paisaje.
